La creación de una Nación necesita de elementos tangentes e imaginarios que logren unir a los habitantes de esta. Estos elementos cohesionadores deben reflejar un sentir nacional que incluya a todos los ciudadanos de esta nación. En el Perú, la mayor parte de las imágenes reflejan un rico pasado histórico, sin que necesariamente estas lleguen a las masas pues no pueden acceder a estos lugares. Sin embargo, se crearon otros elementos cohesionadores que hicieron posible acercar a las masas a la identidad nacional. Uno de estos es la Inca Kola, la “bebida de sabor nacional”. Sin embargo, Inca Kola refleja un proyecto criollo de identidad fracasado, mas no uno de peruanidad.
La gaseosa Inca Kola encaja en el la idea de “narrativa” criolla que postula Gonzalo Portocarrero. La “narrativa criolla” identifica al imperio de los incas como una “civilización altamente desarrollada de la cual los peruanos podemos sentirnos legítimamente orgullosos” (Portocarrero 2004: 37). Las élites de esa época utilizan este argumento para sentirse parte del país y “legítimamente” explotar los recursos nacionales. La bebida de los Lindley apela a esto. Creada por un inmigrante inglés apela al nombre de “Inca” para acercarse a las masas. La apuesta salió tan bien que lemas como “con todo combina” o “la hora en todo el Perú, la hora Inca Kola” se volvieron emblemas de patriotismo. La gaseosa dorada, sin embargo, refleja también el sentimiento criollo de “exclusión y desprecio del indio” (Méndez 2000: 15). Como bien afirma Callirgos “las imágenes presentadas (...) por los medios de comunicación no corresponden a la apariencia de la mayoría de los peruanos” (1993: 162). Inca Kola no escapó a esta tendencia. Desde la modelo Gladys Arista en los sesenta hasta los modelos de rasgos europeos modelando trajes de inspiración pre-inca. Inca Kola logró manejar un doble discurso Así, se consolidó como imagen nacional creada por la “narrativa criolla”.
Esta imagen, sin embargo, es la primera que adopta todo símbolo de la narrativa criolla. Luego, como señala Portocarrero, el fenómeno de acriollamiento “busca la aprobación de las metrópolis” (2004: 39). Inca Kola no escapa a esta tendencia. Una vez consolidada como la mejor bebida gaseosa del Perú (Perú Business 1998: 28) y habiendo derrotado a la Coca Cola – lo que constituyó un gran motivo de orgullo – comenzó a negociar su venta a la transnacional norteamericana. Muchas voces se quejaron ante esta compra, como la artista plástica Susana Torres (Avilés 2003: 31), pero otros defendieron la venta como el presidente de la Corporación Inca Kola, Jhonny Lindley Tabeada. Él afirmaba que en el futuro la bebida podría ser bebida a nivel mundial (Perú Business 1999: 42). Aparte de ciertas exportaciones para las nostálgicas colonias peruanas en el exterior (Avilés 2003: 26) y Chile y Ecuador (Avilés 2003: 31). Esto se explica porque las sociedades hegemónicas desaprueban la narrativa criolla (Portocarrero 2004: 39). Inca Kola jamás logró encandilar al paladar del Primer Mundo a pesar de los buenos deseos de los Lindley. Muchos extranjeros describen a la “bebida de sabor nacional” como un líquido “color orina y sabor a chicle” (Avilés 2003: 20). La bebida amarilla no pudo competir globalmente. Prefirió ser cola de león que cabeza de ratón.
Se observa en la Inca Kola un comportamiento que nos recuerda al de Queca, hermosa chica que protagoniza el triste colofón del cuento “Alienación” de Julio Ramón Ribeyro. Así como Queca era de “ojos verdes” pero también de “tez capulí” (Ribeyro 1977: 66), la gaseosa de los Lindley era una “Inca” rubia. Luego, podemos notar que Queca “tendía a descartar de su atención a los más trigueños”. Inca Kola tampoco, parafraseando a Ribeyro, “jugaba con zambos” (Ribeyro 1977: 66) y desde los años sesenta, con la llegada de la televisión, buscó modelos de ascendencia europea para publicita la bebida de sabor nacional, en desmedro de imágenes que reflejaran las diferentes ascendencias étnicas de la población peruana. Además, Queca no se contenta con lo que le ofrecen en el Perú, sino que se va con Billy Mulligan, un norteamericano. De la misma manera, la bebida amarilla no se contenta con el mercado nacional que dominaba ampliamente y se vende a la transnacional estadounidense Coca Cola. Sin embargo, ninguna de estas historias termina de manera feliz. La pobre Queca verá como su marido se la lleva a un abandonado pueblo de Kentucky, donde la golpearía y la insultaría diciéndole “chola de mierda” (Ribeyro 1977: 78). Inca Kola creyó que su matrimonio con la transnacional la convertiría en la nueva joya del portafolio de la Coca Cola. Sin embargo, eso jamás ocurrió. Fue vilipendiada por los paladares extranjeros. Además, en el Perú, perdió su insignia de “bebida de sabor nacional” (en especial por la decisión reciente de ser fabricada en Chile). Así, en su intento de acriollamiento y posterior occidentalización, Inca Kola pierde su esencia y el peruano, poco a poco, deja de reconocerla como un símbolo de peruanidad. Esto, se refleja en una baja en el consumo que pasa de 32,9% en 1995 a 26% en la actualidad (Vera 2007: 17)
Como vemos, Inca Kola refleja completamente la narrativa criolla que describe Gonzalo Portocarrero. Inca Kola dice ser peruana cuando es en realidad criolla y busca apelar a eso en el extranjero. Sin embargo, allí afuera, se ve abandonada. Su sabor no agrada a los foráneos y se da cuenta que no es la única bebida que ha vencido a la Coca Cola. En conclusión, Inca Kola refleja una identidad criolla que se resume en “ni gringa ni chola”. El fracaso de la narrativa criolla se produce justamente en que, al buscar la occidentalización, pierde su esencia de peruanidad y, con ello su identidad. Este fracaso concreto refleja la derrota general que sufre la narrativa criolla. Esto nos obliga como nación a encontrar y crear verdaderos elementos cohesionadores que funcionen como verdaderos símbolos de identidad, ya no criolla, andina, negra u oriental, sino verdaderamente peruana.
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